lunes, 25 de octubre de 2021

Audios para La voz del autor

 

Requisitos para enviar los audios y ser difundidos en

La voz del autor





La duración del audio no debe superar los 3 minutos en general, o 5 para narrativa.

El audio tendrá estas características y orden:

1- Lectura del título

2- Lectura del nombre del autor y nacionalidad del mismo

3- Lectura del texto

4-No tendrá música agregada ni efectos sonoros.

5- Los audios deben enviarse al correo lavozdelautor2021@gmail.com


Aclaraciones:

a) En caso de ser una prosa puede durar hasta 5 minutos. En caso de que ese tiempo no permita leer el texto completo, informar dónde puede leerse el texto completo o dónde escucharlo completo. (Todo eso dentro de los 5 minutos del audio)*Excepción leer i)

b) El respeto de la duración del audio es muy importante, puesto que el micro dura 15 a 20 minutos, y nada más. Si respetamos esa consigna tendremos a varios autores por episodio.

c) La información de dónde puede escucharse el audio completo o dónde puede leerse el texto completo se puede enviar por correo, para ser adjuntada en la entrada del blog que de cuenta del audio compartido. A lo que se agregará la foto enviada por el autor de sí mismo.

d) Si el autor tiene un blog o cuentas en redes sociales que quiera compartir, puede enviar la dirección en el correo que envía.

e) Si alguien desea enviar más de un audio, debe hacerlo por separado. Por ejemplo: tiene varios poemas que duran de 30 a 40 segundos. Debe enviar cada uno por separado. Con el mismo formato de presentación: Título, nombre del autor y nacionalidad, lectura del texto. Esto permite usar los audios en forma independiente y se puede compartir en episodios diferentes.

f) Los archivos no deben enviarse con música agregada ni efectos. Esto debido a que no queremos infringir ningún delito vinculado a los derechos de autor. En este programa, como en Página en Blanco, se utiliza música libre de derechos de autor, aunque se menciona al autor por respeto a su trabajo, a su dedicación y a su generosidad.

g) Este programa, como Página en Blanco, se hace sin percibir ninguna remuneración a cambio de parte de nadie. Quienes estamos involucrados con el proyecto lo hacemos porque nos gusta esta experiencia de comunicación mediática. Y tampoco perciben nada quienes comparten sus audios. Lo que persigue el programa es, simple y llanamente, ser un vehículo más de comunicación que haga llegar, precisamente, la voz de los autores a un público que guste de escuchar audiolibros.

i) Si un texto leído no se puede escuchar en otra parte puede extenderse más de 5 minutos; pero en ningún caso debe superar los 15 minutos. Pues esa es la duración media del Podcast.

sábado, 23 de octubre de 2021

Episodio 14

 

Don Canó*





 

*Don Canó es el título del cuento del escritor Rodrigo Villalba Rojas, que recibió el primer premio en El Premio UNNE para las letras 2021.


Rodrigo Villalba es profesor en Letras (Universidad Nacional de Formosa), Doctor en Humanidades con mención en Letras (Universidad Nacional del Litoral), fue becario doctoral del CONICET, miembro del Instituto de Investigaciones sobre Lenguaje, Sociedad y Territorio (UNaF). Desde el 2015 es miembro del Grupo Vinculado al Instituto de Estudios Sociales y Humanos (IESyH) UNaM-CONICET.

Área de especialización: Literatura y Estudios Culturales. Poesía del Paraguay escrita en guaraní-yopará. El discurso nacionalista en la literatura.

Proyecto de investigación doctoral: “Ñande reko”: El discurso nacionalista en la poesía en guaraní escrita en Paraguay durante la guerra, pre y posguerra del Chaco (1917-1953)

Entre 2009 y 2013 formó parte del Grupo de Estudios de Teatro de Formosa (UNaF) como asistente de investigación. Publicó los ensayos Teatro, mito y experiencia humana: El nudo (Ohú Chey Chalocué) (Premio UNaF, 2013) y El efecto semillero. Los Gregorianos en diez años (o más) de teatro formoseño (Premio INT, 2015).


Este autor estuvo en nuestro otro Podcast Página en Blanco. Mantuvimos entrevistas compartidas en los episodios XVI y XXI. De ambos episodios compartimos información en el blog Nuestras Huellas en la Era Digital.



Este episodio le dedicamos exclusivamente a este autor debido a la extensión del audio. Y además, detalle no menor, el escritor nos eligió como el medio por el cual quiso hacer público su cuento, de modo que nos parece un grato placer compartirlo en este Podcast.


Poemas de Rodrigo Villalba Rojas


Sy


que una mañana cualquiera

como eran todas, ella

me raptaba sencillamente del sueño

índice y pulgar

la mano atenazada sobre el dedo mayor del pie

y cielo

mamá

con un gesto mínimo y perenne

me hilaba al mundo

con el cordón de su brazo

cielo

me raptaba del teorema

confuso

de la nebulosa continua

me invocaba en una voz

evocaba con un signo

cielo

mi regreso

y yo, ya senil o cercenado

tendré décadas hachazos sobre los hombros

y aunque el cuerpo a tierra,

derrotado:

cielo



Hambre


la providencia es para los animales

ellos conocen los vaciaderos

las presas del monte

cada madriguera entre los arbustos

su olfato ha memorizado un mapa

de la caza y la rapiña

no conocen el hambre



Mitâ ysyry hasê (versión libre)


Un niño llora en la ribera

el borde del agua asemeja a la cascara de las flores

cubre a la semilla guardada en la cáscara

la nube llega al agua como una mariposa

pero también las alas de la mariposa son como el brillo del ocaso en el filo de la nube

y a la vez

las nubes y la mariposa echan fuego y tiemblan como una palabra

la palabra viento es desasosiego

y a la vez un niño llora en la ribera

un agua vieja.

Su lágrima toca el agua porque el niño vuelve al agua y él es agua.

No está afuera. Es el compañero del agua.

Sólo puede volver al agua si llora.

Volver al agua con el agua del vientre.

Volver al agua con el agua del corazón que el niño llama sangre.

El niño llora bajo la mariposa porque es dios.

Ella prueba el agua y la ayuda a brillar y el niño le confiere luz.

El fuego en las alas de la mariposa se llama nube, cerro, ocaso, reflejo, temblor, llanto y nacimiento.

Nunca los nombres separados.

El niño llora en la ribera pero no es así.

El río es anciano y deja salir al niño del agua para jugar con el fuego en las alas de la mariposa,

como se dijo.



Cuento compartido en este episodio


Don Canó

Rodrigo N. Villalba Rojas


El secreto es la ceniza misma del archivo, el lugar donde ni siquiera tiene ya sentido decir «la ceniza misma» o «en la mismísima ceniza». Derrida.


Temprano vine a golpearle las manos en la vereda: venía a avisarle que había fallecido el tío, pero también le traje una botella de miel negra y un bidón de caña. No tenía la plata entonces y arrugó primero los cinco dedos contra la manija del bidón. No importa, le dije, como si no me importara y le repetí. ¿Me escuchaste? Murió ya el tío Chucho. ¿Qué?, preguntó el viejo, taponado el oído. El chagas le había dejado un zumbido de lija en el tímpano. Chucho, tu primo, ¡murió nomás ya! Le hablé más cerca con el temor de anunciarle la mala demasiado bruscamente. Eran primos, es cierto, pero eran los únicos acá de la colonia que volvieron vivos de Malvinas. Después de eso los llevaban siempre a hacer honores en las escuelas o en el municipio; charlaban largo, contaban el trance, a veces añadían detalles que antes no se mencionaron, recuperaban episodios del cinco de octubre, habían andado por ahí pero completaban mucho de oídas, insinuaban ideas pero siempre coronaban con el sermón sobre el amor a la patria que una parte del pueblo ya tenía sabida con todas las tintas. Ahora él sólo rió y movió en círculos los alambres de la cabeza; hacía como cinco años ya sólo asistía a los homenajes para hacer esos movimientos leves casi sin echar palabras.
Ya empezaba a darse vuelta y lo sujeté. Don Canó, le dije, más alta la voz. Me miró con unos ojos tipo lembuses acurrucados. ¿Ha? Abrió el salón de la boca marcada por caries y niebla etílica. Te estoy diciendo que se puso mal, el tío Chucho, se puso mal de salud, ¡muy enfermo estaba! Sí, enfermo está, Chucho está enfermo, repitió. Volví a decirle que murió, con algunos rodeos. No puedo describir la mudanza en su rostro: las cejas se le cayeron en un charco de petróleo, la niebla de las cataratas llenándose de sal, un tic de tambores en los pómulos. ¿Chucho piko? Volvió a dibujar círculos con la cabellera hirsuta y me dio la espalda. No le oí hablar, pero sentí cómo se desleía a medida que entraba al rancho. Dejó la puerta abierta y lo seguí.
Le pregunté si quería viajar, si quería ir hasta la ciudad. Le pregunté si quería que lo lleve. No podía decirle qué había pasado, no sabía darle detalles, pero tenía que llevarlo conmigo. Yo quería que vea por última vez a su camarada. Primero se negó, no quería nada o no le importaba. Creí que no me había entendido. Sacó una bolsa de galleta dura y empezó a picar con un cuchillito viejo. Las gallinas enseguida se arremolinaron a su alrededor buscando las migas. Algunas saltaban desde la fiambrera, la cama, el ropero. Me pidió con un gesto que buscase huevos en la pieza. Era su estrategia para detectar a las que estaban empollando. En su catre había una colorada rugiendo como lista para el picotazo. La empujé con un rastrillo y salió dando alaridos cortos. Junté cuatro huevos calentitos y llevé hacia el comedor. El viejo agarró y los quebró en un vaso, me hizo señas de nuevo para que revolviese con el cuchillito y echó una buena medida de caña y algo de miel. Sobre la mesa había costras y capítulos anteriores de otros ponches, rastros de yerba seca y ennegrecida, hormigas que viboreaban entre las rendijas de la madera hasta perderse por un hueco en la pared. Sacó unas pastillas del bolsillo, las masticó y fondo blanco.
¡Y bueeeno!, dijo en voz alta y caminó hacia la fiambrera.
Se calzó un sombrero de paja, estrujó un bastón de takuara, me pegó, como para no perder la costumbre seguramente, un bastonazo en la cabeza, y me pidió con un gesto su necéser que estaba abajo del mueble entre telarañas, polvo, plumas y otras puerquezas de hace tiempo. Una bandolera mugrienta que tenía adentro dos tornillos y un pedazo de cuchara, algunas migas de algo, y arañas acurrucadas en las costuras. Empezó a deslizarse hacia la puerta. Cuando me di cuenta tenía mis brazos llenos de ronchas y pulgas. Le pregunté si llevaba algo de ropa, algún bolsito. ¡Bueno! Intenté armarle un equipaje de mano. No había mucho que hacer, la ropa estaba en general estrellada entre montones de mierda y plumas multicolores, arañas de nuevo, telarañas de nuevo, curuvicas de pared y moho, olor a tiempo estancado. No había agua. La heladera era apenas un carruaje más que hacía de fiambrera o cargatodo. No había luz eléctrica, dormía temprano y combatía el frío sin bañarse o entibiando la sangre con caña. Comía en la casa de la solidaridad, donde le daban las galletas secas para las gallinas que se le criaban solas. Le pregunté eso, si quería dejar galleta molida para las gallinas. Igual van a encontrar, dijo. Dejé unos cuantos bodoques de pan seco sobre la mesa. Le pregunté si cerraba la puerta trasera, por los chorros. No, no hay, me dijo, ndokymo’ãi, no llueve todavía, tradujo. Le pregunté si quería llevar algo más. Se frotó la cintura y me pidió una botellita vieja de Fortín que tuve que llenar con el repuesto de caña. La ensartó en su cintura. Cartucho lleno, dijo con una leve risa, y espantó algunas mosquitas que le revoloteaban la corona.
Antes de cruzar el portón, volvió y me pidió la pala. Me hizo cavar al costado de la casa. No era tierra dura pero tenía sus días de compactada. Había una caja de fruta que oficiaba de baúl. La saqué como me fue posible, entre la hediondera y la superficie barrosa. Adentro había huesos amontonados y una estampita de san expedito o alguno de esos, borroneada por obra de la humedad y largos meses. Florinda había muerto hacía ya seis años y él no tenía dónde enterrarla. Un compinche le había prestado alojamiento en el panteón de su familia, por un tiempo, hasta que empezamos a morirnos como langostas y él necesitó ese espacio. Nicanor tuvo que sacarla sin destino, improvisó un nichito del lado de afuera de su dormitorio, armó un cajón de tabla gruesa que trajo del verdulero y descartó la caja de fibrofácil que la municipalidad entregaba en aquel tiempo. Levantá, me dijo. Tuve que revolver entre los huesos hasta toparme con un envoltorio de algo como guita enliada o vaya uno a saber. Ese es para vos, balbuceó. Pero tengo plata, le dije. Estiró la mano hacia mí y pulsó unas cuerdas imaginarias con los dedos calcificados. Metió el embalaje en la bandolera y nos fuimos. Allá te muestro. Nos fuimos. Le iba preguntando cosas como para mantenerlo distraído y él me respondía por lo bajo. El ronroneo del motor y la ruta no me dejaban oírle nada. Cuando quería escucharle mejor bajaba la velocidad. De vez en cuando jugaba con el cierre hebilla de su necéser. Bromeé que iba a comprarle uno nuevo, pero no me entendió y empezó a apretar los botones de la radio del auto. En su casa solía tener un equipo de esos viejos con pasacasét pero se lo robó un muchacho que cayó a vivir un tiempo con él. Era un vividor que le sacaba sus muebles, botellas, cubiertos, incluso gallinas y pollitos, para venderlos y hacer unos pesos. También se quedó con su tarjeta y cobraba la pensión por él hasta que el banco empezó con la fe de vida. Al final, el mencho ése terminó desapareciendo porque la gente de la capilla se dio cuenta que era un sinvergüenza y empezó a visitar al viejo con el dizque motivo de predicarle la Palabra. Después desaparecieron también los piadosos y quedaron él y sus gallinas. Como ya nadie se las robaba para vender, la población crecía paulatinamente, salvo cuando las comadrejas hacían fiesta.
Pregunté si quería escuchar algún chamamé kireí. Heeee, respondió alargando la letra con leves redondeos de testa. Conecté el teléfono y enganché una carpeta de diez canciones que todavía tenía grabadas. Hice un silencio y seguí las canciones. En cualquier momento alguna melodía le haría decir algo o le traería alguna memoria, pensaba. Sacó unas pastillas de nuevo, las masticó y sacó la botella de Fortín. ¡Tengo agua, don! le dije, antes que procediera, pero ya destapó y se mandó un par de tragos cortantes. ¿Ha? Está, está bien, y movió la cabeza de nuevo, en círculos, cortando el aire con el ala del sombrero.
Suspiraba a cada rato y yo me preguntaba qué bocanadas de fuego le pasaban por la mente. Yo todavía lo veía y trataba de restablecer su imagen de muchacho en medio de la balacera, primero en el asalto al regimiento, después contra los ingleses. Y, sin embargo, ahora estaba acá a mi lado como un despojo del heroísmo, aplastado por la prórroga del último día. Le hablé del clima, dijimos algunas tonterías hasta que empezó a verse de lejos el control de policía. Estamos llegando, don Canó, ya falta poquito. Heee, estiró de nuevo la letra y pareció atragantarse un poco, pero apagó la tos de nuevo con dos lindos tragos.
Jugaba todo el tiempo con el broche del necéser y le pregunté por la plata que sacamos de la caja. ¿Tiko? me dijo. Esa cosa que saqué de la tierra (no me animé a decirle entre los huesos), era plata, ¿cierto? ¿Plata? me respondió como buscando en la memoria corta. En el cajoncito de la finada, seguí, ¿había plata? Ahh, no, ¿éste pa? golpeó la tapa de la cartera. No, no es plata, es para vos. Un proverbio. Hizo un silencio. Unas cuentas. Hizo otro silencio, imaginé que podía ser una de esas biblias de bolsillo, documentaciones, un testamento. Canó volvió a toser con fuerza y más severidad, corcoveó un poco entre arcadas. Temblaba mucho y tuve que detener el auto porque comenzó a devolver lo que quedaba del alcohol y espuma contra la guantera y las alfombras del auto. Bajé con la piel erizada y empecé con golpecitos en la espalda. Temblaba, temblábamos. Tosía y daba arcadas cada vez más fuerte. Ya había algunas casas, por suerte, y empecé a gritar por ayuda. Hasta me avergoncé de tirar una voz tan tiple en esa circunstancia. El viejo parecía convulsionar y los vecinos salían a la puerta, a las veredas, algunos autos paraban y la gente bajaba a mirar. Uno me pidió que lo bajase del coche, que lo tirase de costado para que no se ahogue; otro decía que no se trague la lengua; otro cuidado con la cabeza. El viejo echaba cada vez más espuma de la boca. Hasta que se detuvieron los espasmos y el tío volvió a respirar con algo de pausa como un fuelle triste. Todo parecía haberse vuelto una farsa, el viejo tirado sobre el pavimento en un charco de vómito. Yo pidiendo ayuda y ambulancia sin que falte el epíteto glorioso, es un veterano de Malvinas, mi voz chillona insistiendo, es un veterano de Malvinas: ¡hay que hacer algo! ¡No lo dejen morir! La gente preguntándome qué pasó. Yo enumerando los pormenores del viaje y nuestro destino. El viejo Nicanor resollando sus últimos aires entre el vómito y las moscas que ya dibujaban órbitas sobre el caldo rancio.
Cuando llegó la ambulancia lo subieron a la camilla. Los policías me hicieron un par de preguntas, me entregaron el necéser y fui siguiéndoles en mi auto que iba echando moscas y aroma a bilis por la ventanilla.
Quedé esperando afuera de la guardia con la certeza que podía llevar horas plantado ahí. Llamé a casa para avisar: tenía que mandar el auto al lavadero, esperar que llamen al familiar del tío Nicanor. El necéser todavía tenía el envoltorio adentro, lo saqué, desenlié la cinta escoch que tenía. Una libreta de almacén y una libreta de enrolamiento. La foto ya estaba borrada y las hojas manchadas de moho, varias de ellas pegoteadas, la tinta echando un aura de muchas décadas. En la libreta almacenero había una frase recortada y en letra minúscula, “alegría es para el justo el hacer juicio; mas destrucción a los que hacen iniquidad”, y luego cifras, siglas, fechas, una sobre otra,

JMA, 53, m, c. a Mt Lin. 15-03-77
RAH, 947, f,, puente Queb, 15 a 20 p. 25-04-78
NN, 51, f, RIM, estan. 25-04-78
P, 956, m, RIM - CH, 13-12-76

La lista se estiraba por varias páginas, casi todas pegadas y rociadas de volutas de humedad, y a partir de la hoja veinte ya sólo había renglones despintados, garabatos, moho y barro. Una de las hojas escribía como en adenda, con otro color, con otra actitud en el trazo:

Por mi país di mi amor y mi vida

NO ME ARREPIENTO

¡VIVA LA PATRIA!

¡Muerte a los comunistas terroristas violadores!

Temblé.
Saltó de mis manos el anotador, repleto de cadáveres.
Sentí la espalda que se me partía en dos. Que un río de lava se me incrustaba en la garganta.

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Agradezco a los amables lectores del blog y a los escuchas de los episodios tengan a bien compartirlos si les gustó.

Cada 15 días subimos un nuevo episodio. Lo difundimos por las redes sociales Facebook, Twitter, Instagram.

Mi agradecimiento a la profesora y traductora Silvia Medina que nos acompaña con su voz en la locución. 

El episodio se puede escuchar en iVoox, Spotify y en Tune In.



sábado, 9 de octubre de 2021

Episodio 13

 

Cuando ya me haya ido*




 

*Cuando ya me haya ido es el título de un poema de la escritora Rosalía Montenegro.


En este episodio compartimos los audios de cuatro escritores iberoamericanos. Con tres de ellos hemos mantenido entrevistas que compartimos en el Podcast Página en Blanco.

Los dos primeros audios que escuchamos en este episodio 13 pertenecen al escritor uruguayo Héctor Pérez Ramírez. El primer audio pertenece al poema titulado En la penumbra, y lo escuchamos en la propia voz del autor.

Con este escritor, músico y actor hemos mantenido entrevista para el Podcast Página en Blanco, los que se compartieron en los episodios XXVI y XXIX, emitidos durante el año 2020.


El segundo audio del mismo autor es el poema Porfía, a cargo del recitador Heber Rodríguez Galarza. A quien agradecemos por su colaboración.

Ricardo Villalobos Flores es un autor colombiano que recientemente publicó una novela titulada Mil y un momentos de tristeza. Sabemos que participa activamente de variados eventos donde comparte sus poemas. Es conocido como “el poeta de los sueños rotos”. Tuvo la gentileza de compartir con este Podcast la lectura de un texto de su autoría titulado En otra granja.

El cuarto audio que compartimos en este episodio pertenece a una sección del capítulo 2 de la novela Las sombras de una mujer, de la escritora española Sonia de la Fuente Jiménez. Novela publicada en 2021. Con esta escritora compartimos entrevistas que mantuvimos para el Podcast Página en Blanco en los episodios XXXI, XXXIII y LXI, emitidos los dos primeros en 2020 y el último en 2021.

Los dos últimos audios están a cargo de la escritora Rosalía Montenegro. Esta escritora de Corrientes, Argentina comparte dos poemas. El primero se titula Así te amo.

Con esta escritora mantuvimos entrevistas que se compartieron en los episodios XL y XLIII del Podcast Página en Blanco.

El segundo audio, con el que cerramos el episodio y que generosamente comparte con nosotros es Cuando ya me haya ido.


Primer Encuentro Provincial Virtual de Escritores de Corrientes


Este sábado es un sábado especial para quien lleva adelante los Podcast Página en Blanco y La voz del autor. Sí, porque tenemos la oportunidad de participar del Primer Encuentro Provincial Virtual de Escritores de Corrientes. Y eso es así por la generosa colaboración de varios escritores que nos vincularon para participar. Lo hacemos por medio de una entrevista que mantuvimos con el escritor correntino Rodrigo Eduardo Galarza, que actualmente reside en España.

Y corresponde nombrar a quienes hicieron esto posible. Me refiero a los escritores Alejandro Maciel, Rosalía Montenegro y a la escritora Nilda Sena (una de las responsables principales de la organización de este evento). A ellos mi sincera gratitud por la confianza.

También mi gratitud a quienes colaboran con su voz para que los episodios de los Podcast salgan como lo hacen, con cierta alternancia en las voces. Me refiero a Carolina Medina (voz femenina en Pagina en Blanco) y a Carolina (voz femenina en La voz del autor).


La entrevista mantenida con Rodrigo Eduardo Galarza podrá verse por YouTube el 9 de octubre de 2021 a partir de las 9:45 (Hora Argentina).

Captura de pantalla de video promocional del Primer Encuentro Provincial Virtual de Escritores de Corrientes.

Compartimos también el video promocional del Primer Encuentro Provincial Virtual de Escritores de Corrientes.






sábado, 25 de septiembre de 2021

Episodio 12

 

La guerra y la paz*


 




 

*La guerra y la paz es el título de un texto de la escritora uruguaya Inés Hernández.


Este episodio inicia con el audio del cuento El campo santo más cerca del cielo, de autoría de quien lleva adelante este Podcast (Walter H. Rotela). Forma parte del libro Cosas curiosas en los caminos de las cumbres, que está en Editorial Bubok. Publica sus textos en varios sitios como: Tus Relatos, Opulix, Ratón de Biblioteca, Revista Literarte Digital, Revista Literaria Trinando, Revista Realidades y Ficciones. Es autor de varios libros de cuentos, también de libros de investigación periodística y un relato de viaje y de una novela. La mayoría de sus cuentos los comparte en sus blogs: Huellas de Pedro Buda – el formoseño y en Universo Creativo de Pedro Buda. Por segundo año consecutivo, en 2021, participará del libro colectivo del taller literario A.L.A.S. (Analizando Letras Abrimos Senderos)


El segundo audio de este episodio se titula La guerra y la paz, de la escritora uruguaya Inés Hernández, el cual es un texto que se publicó en el libro Fortaleciendo alas, del taller literario A.L.A.S. coordinado por la escritora Ana Lucy Díaz Tauber, quien lee este texto en esta oportunidad.

Algunas antologías donde aparece Inés Hernández, tanto participando con poemas como con cuentos son: 15 años : poemas, narrativas, niños (2014); Acuarelas de amaneceres : poemas, narrativas, niños y adolescentes (2012); Alcanzar el puente : poesía, narrativa, niños (2009); Buscando caminos (2016); Crisol de letras (2017); Desde el tren (2018); Encuentros, espejos, estaciones : poesía y narrativa (2019); Entre cuentos, cantos y poesías : poesía, narrativa, niños, adolescentes (2010); Esperanzas peregrinas : poemas, narrativas, niños, adolescentes (2013); Fortaleciendo alas : poesía y narrativa (2020); Piedra arenisca : poesía, narrativa, niños, adolescentes (2011); Torrente de palabras : poesía - narrativa - adolescentes – niños (2016). Y también en Palabras que crecen (2018, de Inés Hernández y Ana Lucy Díaz).

La guerra y la paz


¡Detente! No cortes las flores del lirio,

no mancilles su blanca pureza

con la crueldad injusta de un vano martirio.


¡Detente!, no apreses al ave canora,

no le impidas que despierta al día

deja ser libre, cantarle a la aurora.


Espera, que el árbol no esparce su aroma

y en sus ramas temblando de miedo

agoniza la blanca paloma.


Escucha, en las ramas canta alegre el viento

pian los pichones, todo es movimiento,

tras de las paredes se oculta el silencio.


Mira, la luz que alumbra cuando amaneceres

alargando las sombras de los cipreces

y en los techos de tejas, los alelíes,

muestran colores nuevos con alegría.

                                                   Inés Hernández Abreu 

Te espero es el título del tercer audio compartido y pertenece al escritor uruguayo Arturo Edgardo Souto. Este autor tiene publicado varios textos en antologías, como por ejemplo en: Crisol de letras (2017, taller A.L.A.S.); Desde el tren (2018, Taller A.L.A.S.); Encuentros, espejos, estaciones : poesía y narrativa (2019, Taller A.L.A.S.); Fortaleciendo alas : poesía y narrativa (2020, Taller A.L.A.S.). Tanto escribe cuentos como poemas, pero suele decir que su fuerte es la narrativa. Algunos cuentos suyos son: Mi luna redonda (cuento), El auto rojo (cuento), Gris (poesía), Mis manos (poesía).

Mis manos


Cuando me acicalo el rostro

soñando con tu visita

o cuando pinto la silla

que estará junto a tu cama.


Mis manos en la ventana

abierta, esperándote,

apretando tu cintura

por tu espalda yéndose.


Acariciando tus pies,

aplaudiendo tu ironía,

repiqueteando en la mesa

una canción que no sé.


Las manos que te protegen

a mí me sirven de guía

para encontrar en tu faz

toda la dicha escondida.


Aunque no tuviera ojos

mis manos me llevarían

a la tibieza encendida

de tu noble corazón.

                                               Arturo E. Souto


Observando la imagen: Entre dos rocas… ha crecido una hierba es el título del último audio compartido y pertenece a la escritora Élida Arasí de los Santos Simón. Esta escritora uruguaya, de la ciudad de Artigas, capital del departamento del mismo nombre, del noroeste del país, escribió sus primeros poemas a la edad de 9 años. Sin embargo, empezó a compartir sus textos después de mudarse a Montevideo, allá por 1998. Forma parte de varias antologías del taller A.L.A.S. como los dos autores mencionados más arriba. Recibió varias menciones y premios como, por ejemplo, al participar del (4º) CONCURSO INTERNACIONAL "COMUNIDAD LITERARIA VERSOS COMPARTIDOS" POESIA – COLECCIONES, con su texto “Ocaso”. Otros títulos de sus textos, publicados en 2020, en el libro Fortaleciendo alas, son: Fortaleciendo Alas, MI primera música, Cayó una rosa, Alondra, Alas de paloma… yo quisiera, Poetas delmundo y el texto compartido en este episodio.


Poetas del mundo


Sobre un globo azul, con hilos de plata y estrellas de oro deambulan los poetas…

Locos soñadores, expertos en amores, en mujeres, en sueños, en desengaños… Gozan junto a la mujer que soñaron. Lloran sus desengaños, ofreciendo sus corazones desgarrados por el amor no correspondido.

Poetas… Yo los admiro… Deseo contagiarme de sus locuras. De sus sueños, de sus desbordes…

Deseo contagiarme de sus aromas… de sus soles… de sus poesías…

                                                                              Élida Arací De los Santos Simón


Aclaración: Los textos compartidos están publicados en el libro Fortaleciendo alas (2020) Para comprar el libro contactar a la responsable del taller Lucy Díaz Tauber o con los escritores por medio de la red social Facebook.


Agradezco a los amables lectores del blog y a los escuchas de los episodios tengan a bien compartirlos si les gustó.

Cada 15 días subimos un nuevo episodio. Lo difundimos por las redes sociales Facebook, Twitter, Instagram.


El episodio se puede escuchar en iVoox, Spotify y en Tune In.


En este Podcast colabora con su voz Carolina. Mi agradecimiento permanente para ella.  

 




sábado, 11 de septiembre de 2021

Episodio 11

 

A un solitario*


 


 

*A un solitario es el título de un poema de la escritora mexicana Karla Belmont, que podemos escuchar en este episodio.


Compartimos el audio de un poema de la escritora uruguaya Carmen Barcia para dar inicio. El título es Medio Siglo. Sobre esta autora compartimos algo de información en la entrada correspondiente al episodio 2 de este mismo Podcast. Podemos agregar que en su participación en el libro Fortaleciendo Alas, del Taller Literario A.L.A.S. publicado en 2020 publicó los poemas titulados: Mi rincón, Savia Nueva, Devenir, Churrinche.

Compartimos un poema de su autoría publicado en dicho libro.


Savia nueva


Ayer cargué mis alforjas

de amores y viejas penas,

y de dolores ajenos

que a veces se nos quedan.


Hoy al pasar por el río

observé la primavera,

vacié todos mis bolsillos

y aquella mochila vieja.


Descalza anduve en la orilla,

sentí vibrar a la tierra;

aspiré el olor del río,

tibieza de sol y estrellas.


Y junté trinos y flores,

me acosté sobre la hierba

llenándome de energía

como el árbol con savia nueva.


Sumé mi voz a los trinos,

caminando por la senda.

Resurgiendo como el cóndor

que del risco… observa y vuela.


                                                         Carmen Barcia

El título de esta entrada corresponde al segundo audio compartido en esta oportunidad. Es de la escritora mexicana Karla Belmont. Esta abogada y maestra dedica parte de sus días a la locución, generación de eventos y a rescatar la cultura de la gente de su tierra, así también brega para que sus voces sean escuchadas.

Compartimos un poema extraído de su muro de la red social Facebook.


La Historia


La historia cambio de repente en una ráfaga de segundo.


De un salón de clases,

a 4 paredes de mi fría habitación,

de risas iluminadas de cuerpos pequeños nacidos de flor.


De el vernos todos los días y disfrutar el hola , ¿Cómo estás?

¿Qué tal va el día ?.


A vivir y viajar por lugares que jamás creí imaginar,

de Papantla a kirkistan, Pakistan , Alemania, Tailandia , conociendo continentes que solo en geografía sabía explorar.


Conocí tu lengua sin entenderte hice de mi limitación tecnológica mi fortaleza.


Mi mundo cambio cuando aprendí tus diferencias , ame tu cultura, respeté tus costumbres, entendí tu andar.


El grito de paz manchado en sangre por conflictos de mandatarios carentes de humildad.


La historia cambio mi rumbo mi debilidad me dió la fuerza, mis miedos se fueron perdiendo dentro de un mundo alterno.


Entre realidad y ficción más a mi al rededor solo hay desolación ,

sangrantes heridas hechas por palabras que son peor que puñales candentes lastimando no solo mi cuerpo sino mi mente queriendo que pierda el sentido haciendo creer al mendigo carente de amor a la humanidad que mi razón se ha hecho locura ....pero la historia fue escrita ya, con versos que trascendieron por toda la eternidad.


Karla Belmont

Papantla Veracruz México

13 de julio de 2021


El tercer audio compartido es del poeta peruano César Julio Virhuez Villafane. Este autor nos confió varios audios para difundir en este Podcast, por lo que le estamos muy agradecidos. El título es Mi familia.

Con él hemos mantenido entrevistas que difundimos en los episodios XX y XXVII del Podcats Pagina en Blanco.

Compartimos un poema de su autoría extraído de su muro en la red social Facebook.

CAMINABA SOLO


Caminaba

y solo el sonido de su respiración

le otorgaba la paz que tanto necesitaba

algo lejos

los ruidos de los automóviles se perdían

en el inmenso hoyo que él había fabricado

precisamente para los momentos como ese.

Caminaba lento, tan despacio

que pareciera que sería alcanzado

por las tortugas y los caracoles

sus pasos también llevaban música

pero era esa melodía que a veces olvidamos

y que nos devuelve la alegría pérdida.

Caminaba solo, cada vez más lento

casi como si estuviera muriendo

y todos creían que sus pasos

nunca más dejarían huellas

pero no era así

lo que sucede es que de esa manera

también se renace para ser más fuerte todavía.

                                                                  César Virhuez

Lo último que compartimos en este episodio es un cuento leído por su autor. El título es La señal y lo lee su autor Walter H. Rotela, responsable de este Podcast.

Compartimos dos micros que forman parte del libro Huellas de mis pensamientos. Pedro Buda es el seudónimo que el autor utiliza, en algunas ocasiones, para firmar sus textos literarios. 

Era la puerta


Durante años había buscado la puerta. Al fin descubrió que estuvo delante todo el tiempo. La imagen se movía circularmente como un ciclón. Era la puerta, después de tantos años. Dejó de teclear y se introdujo lentamente hacia el otro lado de la pantalla. Nadie supo más de él.

Pedro Buda

Mi Buda sentado


Con su incansable paciencia me miró por años. Un día, movió su cabeza de yeso y dijo:

Es hora de empezar a caminar. Dio media vuelta y se fue. Mientras procuró los primeros pasos balbuceó: Te enseñé todo lo que pude. Mi Buda sentado desapareció. Todo cambia, pensé.

Pedro Buda

Esperando les haya gustado este episodio los invito a escuchar los otros primeros 10 episodios anteriores y el episodio piloto. Además, pueden leer información sobre los autores en las entradas correpondientes a cada episodio, en este blog.


Agradezco a los amables lectores del blog y a los escuchas de los episodios tengan a bien compartirlos si les gustó.

Cada 15 días subimos un nuevo episodio. Lo difundimos por las redes sociales Facebook, Twitter, Instagram.


El episodio se puede escuchar en iVoox, Spotify y en Tune In.


En este Podcast colabora con su voz Carolina. Mi agradecimiento permanente para ella.  


Agradecimiento e invitación a un nuevo programa

 Desde esta entrada quiero expresar mi sincero agradecimiento a las personas que aún siguen visitando el sitio y escuchando el podcast. Los ...